CapÃtulo Milésimo centésimo trigésimo segundo: "Quien se siente en el fondo de un pozo para contemplar el cielo lo encontrará pequeño (Han Yu, 768 - 824; escritor chino)
Los sapos siempre me han despertado una especial ternura. Asociación de recuerdos, supongo. Los cuentos infantiles que oÃa de pequeño, -y oà unos cuantos-, estaban plagados de prÃncipes convertidos en sapos o ranas que se dirigÃan a las doncellas que paseaban por los caminos solicitándoles un beso al que ellas solÃan acceder gustosamente. Eso, cuando eran capaces de escaparse de la despensa de la bruja mala que siempre los usaba para hacer sus pócimas.
Luego me enteré que tanto la extraña afición de las princesas a besuquear ranas como la de las brujas por empeñarse en condimentar sus sopas con tan viscoso animal, tenÃan una explicación algo menos fantástica. El sapo, y más en concreto su piel, contiene una sustancia, la bufotenina, aislada por primera vez en 1920 por H. Handovskyy, que produce, entre otras cosas, alucinaciones, ilusiones visuales, distorsión de colores y sensación de estar volando.
Vamos, que a falta de otros entretenimientos mejores unas y otras usaban a los batracios para pasar el rato. HacÃan bien. Aunque hay algo que no acaba de encajarme. Entiendo lo bien que se lo podÃan pasar unas señoras brujas subidas en el palo de una escoba y pensando que aquello iba y venÃa a su gusto, sin embargo, no alcanzo a entender muy bien cómo, después del primer lametón de bufetidina al sapo, y por muy colocadas que aquello les pusiera, las melindrosas princesas eran incapaces de notar la diferencia que debe de haber entre retozar con un prÃncipe y retozar con un sapo. Por muy incompetentes que fueran los prÃncipes y muy habilidosas que fueran las princesas manejando sapos.
Todos los "capÃtulos" de "tantos hombres y tan poco tiempo"

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